Funciones del sodio en el cuerpo humano

Hoy hablaremos de uno de los minerales más importantes en nuestra nutrición, el sodio.

El sodio es el principal elemento regulador de los fluidos extracelulares y, en base a ello, desempeña importante funciones fisiológicas como son:

  • Regulación de la osmolaridad o presión osmótica (diferencia de concentración a nivel de membrana celular).
  • Control del balance o equilibrio acidobásico metabólico.
  • Regulación del transporte activo a través de las membrana celulares.
  • Mantenimiento del potencial de membrana, al expulsarse en intercambio con el segundo electrolito en importancia, el potasio, necesario para la transmisión del impulso nervioso y para la excitabilidad normal de los músculos.
  • Forma parte de los cristales minerales de la matriz ósea de los huesos.

La regulación de los niveles orgánicos de sodio, también llamada homeostasis, está condicionada por una amplia gama de circunstancias ambientales y dietéticas, aunque la principal acción reguladora es llevada a cabo por la hormona aldosterona en el riñón, a nivel de túbulos renales. Cuando la ingestión de sodio es alta, los niveles de aldosterona decrecen, disminuyendo la retención de sodio en el riñón y aumentando la cantidad de sodio eliminada por orina.

Por el contrario, si los aportes de sodio son escasos, los niveles de aldosterona se incrementan y aumenta la reabsorción de sodio a nivel renal, siendo prácticamente nula la cantidad de este mineral eliminada a través de la orina. Otro aspecto interesante a considerar, en relación al control orgánico del sodio, es tener en cuenta las pérdidas que se producen de este electrolito por las heces y el sudor, que pueden ser considerables en determinadas circunstancias (sudoración profusa, vómitos, diarreas, etc.).

Características nutricionales del sodio

Entre las características nutricionales que más nos interesan destacan las fuentes dietéticas de sodio y las recomendaciones de consumo.

En principio, para calcular los requerimientos de sodio hay que estimar, por una parte las necesidades para el crecimiento, y por otra, la reposición de las pérdidas obligatorias de este mineral. Respecto a esto último, es importante considerar factores tales como la actividad física desarrollada por el individuo y su adaptabilidad al clima, puesto que ambos son condicionantes de mayores o menores pérdidas a través de la sudoración. Además, un mayor consumo de sodio a través de la dieta no implica ventajas para el organismo, sino, al contrario, puede suponer graves desarreglos orgánicos como la hipertensión en individuos propensos.

Durante la gestación, las necesidades de sodio son mayores debido al aumento del fluido extracelular en la madre, a los propios requerimientos del feto y a los niveles de sodio en el líquido amniótico. En la lactación ocurre algo similar, puesto que, a través de la leche materna, se producen pérdidas de sodio que deben de ser consideradas. Estos requerimientos extras de sodio derivadas de las situaciones fisiológicas mencionadas (gestación y lactación) están normalmente cubiertas, bien por el control hormonal que tiene lugar en estas situaciones, a partir del sistema renina-angiotensina- aldosterona, o bien por el margen de sobreingestión usual de este mineral, que tiene lugar en una dieta normal.

En el caso de niños lactantes, cuyos requerimientos de sodio son obviamente mayores, puesto que su volumen extracelular está en rápida expansión, se considera que la leche humana proporciona unos niveles satisfactorios de este elemento para el crecimiento del lactante.

Dada que la ingesta elevada de sodio puede suponer riesgos para la salud en personas con predisposición a padecer hipertensión o hipertensivas, se recomienda una ingesta diaria máxima de 6g/día.
Fuentes dietéticas

Los alimentos y bebidas que contienen cloruro sódico (sal común) son la fuente primaria de sodio. Otras posibles fuentes son aquellos alimentos que tienen en su composición otros tipos de sales como el bicarbonato sódico o el glutamato monosódico. Se ha comprobado que sólo un 10% de la sal procede de la contenida naturalmente en los alimentos, un 15% procede de la sal añadida al cocinarlos y en la mesa, y el restante 75% del procesado y manufacturado de los alimentos.

Estos datos indican por tanto que las dietas con alto contenido de sodio son aquellas en las que abundan productos alimenticios procesados industrialmente, mientras que dietas bajas en sodio son aquellas que se basan principalmente en alimentos frescos, tipo frutas, vegetales y legumbres. Este hecho es de gran importancia tenerlo en cuenta para el control de la alimentación de pacientes aquejados de hipertensión.

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